El sentido de la pobreza en la espiritualidad franciscana

 

 

                                                                                         fr. José Miguel Padilla cap.  r.

Me parece oportuno manifestar de entrada, que este trabajo que compartimos, es en realidad solo un intento de trazar algunas líneas, frente a un tema muy amplio como es la espiritualidad franciscana y la santa pobreza.

Sobre esto encontré tantas interpretaciones, en su mayoría teñidas de ideologías, como las que con dolor vemos sucede sobre los textos del Santo Evangelio y el sin numero de interpretaciones de los hermanos separados, y aún algunos en el ámbito católico. El Padre Castellani, que fue uno de los grandes entre el clero argentino, escribió: Sic “La ruina cunde en las sociedades cuando se dividen, dijo Cristo: “desolabuntur”, a los protestantes les paso así desde el comienzo en que perdieron la cabeza… de la Iglesia.” Sigue el Padre Castellani comentando el texto de Lc. 22, 31 y Mt. 12, 25. “El Papado es el principio de la unidad de la Iglesia; y lo es porque es infalible; y debe ser infalible para poder serlo.”

El dicho oscuro de Cristo a Pedro: “Mas Yo he rogado por ti para que no falle tu fe” es el fundamento escriturístico de la inerrancia de los Pontífices Romanos; y lo que sigue es una obvia verdad sobre el destino de las naciones cuando están en guerra civil abierta o latente, a causa de que está dividida al Autoridad o no hay autoridad; que es lo que pasaría a la Iglesia si no poseyera una Autoridad absoluta, es decir, infalible en algunos casos, lo que les paso a los protestantes en cuanto rechazaron esa Autoridad absoluta, clave de unidad y quisieron reponerla en un Libro… en la opinión publica o el libre examen. (Las Parábolas de Cristo Leonardo Castellani, Ediciones Jauja, Páginas 222 y ss.).

Pongamos la mirada en la figura del Patriarca de Asís, Caballero, monje penitente, amador de Cristo y Su Iglesia. Una figura irresistible que conserva atractivo y enseñanzas aún con el correr de los siglos. Mas aún, para nuestra realidad conjugada de confusión y relativismo, impregnada de superficialidad, San Francisco con su alegría espiritual, su configuración con la Cruz de Cristo, su espíritu orante y penitente, su predica del Evangelio simple y clara, su enseñanza de paz desde la fe, se hace necesaria. Es que son los santos de todos los tiempos y en las variadas vocaciones la interpretación mejor de nuestra Santa Fe Católica, verdaderas cátedras donde se aprende a seguir a Jesucristo Nuestro Señor en Su Iglesia.

El Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica Porta Fidei, declarando el año jubilar de la Fe nos dice: “El año de la Fe es una invitación a una autentica y renovada conversión al Señor Único Salvador del mundo. Dios en el Misterio de Su Muerte y Resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que Salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados.”

Estas palabras del Santo Padre dan como el tono central para entender la vida de San Francisco de Asís, cuya fiesta la Iglesia celebra llena de gozo el 4 de Octubre de cada año.

Los riquísimos documentos más antiguos y los estudiosos más destacados nos señalan en Francisco aquel que buscó apasionadamente seguir y servir a Cristo. Podríamos decir que la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, sin descartar lo transcurrido en este nuevo milenio, hay como una sistemática deformación en la presentación de la figura y vida del Seráfico Padre y como consecuencia su espiritualidad, vaciando el sentido de pobreza como virtud y camino de estrecha unión con Cristo.

Nace en 1182 en Asís de una Familia adinerada, los Bernardone, bautizado a los pocos días con el nombre de Juan y llamado por su padre desde pequeño Francisco.

Para entrar en la hondura de el tema de la Santa Pobreza hay que afirmar: Francisco es pobre con y por Cristo Pobre! Hay un dato de su vida que aporta un elemento indispensable para entender porque lleva casi a un extremo el consejo de la Santa Pobreza. Hace falta derribar varios tapiales hasta descubrir en Francisco una juventud despreocupada y poco virtuosa ya que creció mimado por esta acomodada familia. Su carácter abierto, sus compañías y sus amigos de juegos nos ponen a un joven mundano. Tomás de Celano dice: “Pecaba y hacía pecar”. Sus proyectos giraban tras las glorias de este mundo. A los 20 años lo vemos guerreando. La batalla en noviembre de 1202 a los pies de Perusa, junto al puente San Juan, que cruza el Tiber ,toma gran violencia, siendo allí derrotado Francisco y sus compañeros, encontrándolo entre los prisioneros durante un año. Las humillaciones propias de los vencidos, fue un episodio, que en el plan providente de Dios le prepara para su conversión. En 1205 lo encontramos nuevamente alistado para combatir y ser armado caballero por el famoso conde francés Gauthier de Brienne pero Cristo le tenía preparada una Caballería superior y un Combate más grande. Deja su esplendido caballo y ropas regresando a su pueblo cambiado en el alma. Da con generosidad a los pobres que piden por Amor de Dios y aprende a darse a sí mismo. Se retira a solas al campo, medita y reza. En una pequeña Capilla casi derruida dedicada a San Damián, en donde estaba un gran Crucifijo siente en su interior el gran llamado de Nuestro Señor: “Francisco repara Mi Iglesia, que amenaza ruina”, la respuesta a Jesús se va haciendo intensa y total, descubre el rostro del Divino Salvador en los leprosos y experimenta intensamente la necesidad de la penitencia, oración y soledad.

Su padre se opone drásticamente a este nuevo estado de vida, y él en 1206 frente al Obispo Guido de Asís renuncia a todo e inicia bajo la tutela de la Jerarquía de la Iglesia el camino de penitente con la Bendición de Dios. Tres años pasa reparando las Capillas de San Damián, San Pedro y La Porciúncula. El Buen Jesús le hace entender que es una reparación que va más lejos de las paredes y techos y se abre ante sus ojos el sentido profundo de la reparación y la vida penitencial. En Abril de 1208 la lectura de diversos textos del Santo Evangelio confirman el programa de vida a seguir: Dejar todo… Renunciarse… Tomar la Cruz… Se van sumando nuevos hermanos. Viaja a Roma, buscando la aprobación del Papa, del que quiso siempre estar sujeto, lo era entonces Inocencio III quien aprueba de palabra la Regla de los primeros doce frailes.

La pequeña Capillita de la Porciúncula (de 7×4 metros) dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, propiedad de los Benedictinos, será a partir de entonces el lugar privilegiado y cuna de la nueva Familia franciscana.

Este breve relato nos aporta los elementos para afirmar el tema central de esta exposición: La Santa Pobreza, debemos decir sin temor alguno, para San Francisco es vaciarse de sí para poder ser colmado y enriquecido por Jesucristo. Es el modo caballeresco y monacal que se estrena en este gran Santo para reparar las ofensas a Nuestro Señor y para amar con una intensidad sin medida siguiendo las huellas de Aquel que se abajó y se hizo Hombre en el Seno Virginal e Inmaculado de María Santísima. Para Francisco el camino estrecho y la puerta angosta del Evangelio, el perdón, y la providencia solo pueden vivirse desde la radicalidad de la pobreza. Casto, obediente y pobre por el Reino de los Cielos. La pobreza puede ser tema que divide, o disfraz, incluso puede permitir cierto viento de hipocresía, cuando se levanta como bandera o se desprecia a otros. La pobreza franciscana solo se entiende desde el Corazón Sacratísimo de Cristo abierto en el Altar de la Cruz y engendrando la vida de la Iglesia en orden a la Bienaventuranza. He mencionado el tema de la juventud de Francisco de Asís, porque junto con el llamado de Jesús en la destruída Capilla de San Damián, la pobreza radical, alegre y sagrada fue el modo que Él abrazó para “amar al Amado” de reparar y de llevar a otros al Misterio reconfortante y santificador de la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo.

El habito franciscano color tierra y en forma de Cruz, la cuerda de penitencia y la descalces son signos externos de una realidad interior que se concentra en la total pertenencia al Hijo de Dios. La pobreza es el muro que separa del espíritu del mundo.

El gran historiador capuchino francés Leopoldo de Cherancé presenta unas notas distintivas que nos pueden iluminar para arribar algunas consecuencias de importancia para nuestro tiempo y la vida actual de la Santa Iglesia.

Notas distintivas de la Escuela Franciscana:

  • Un espíritu de retorno a la observancia del Santo Evangelio.
  • Siembra de la Paz, fruto de la unión con Jesucristo.
  • Sumisión profunda a la Santa Iglesia, el Papado y Su Jerarquía.
  • Amor personal y apasionado a la santísima humanidad de Jesucristo. Particularmente en Belén, en la Pasión y Cruz.
  • Espíritu de Adoración al Señor Sacramentado y la filial devoción a la Santísima Madre de Dios.

Todo animado de desprendimiento absoluto en pobreza y humildad por Cristo Pobre y Humillado por Amor a los hombres!

Sólo había dos temas en que el Padre San Francisco dispensaba la pobreza: Lo tocante a la Sagrada Liturgia y la celebración de la Santa Misa y la caridad para los frailes enfermos. Quería para Dios lo mejor en el alma y en lo exterior, dejando sobre esto instrucciones que verdaderamente asombran. Los Vasos Sagrados, los Ornamentos y los Libros donde están las Palabras de Jesús deben ser esmeradamente cuidados. En la Orden por devoción a San Pedro y su Sucesor, el Papa, se abraza la Liturgia de la Santa Iglesia Romana. De este mismo espíritu de profunda fe, brota el firme mandato de atender con mayor delicadeza que la madre carnal, los hermanos espirituales a los enfermos.

Llegamos aquí al tema medular, pocas ordenes han tenido a lo largo de su historia tantas reformas y divisiones, no es el lugar para juzgar las motivaciones de algunas de ellas, solo cabe afirmar que de la mano de la Iglesiala Familia franciscana, aún con dolores y capítulos oscuros, supo responder en los distintos tiempos a la acción del Espíritu Santo que hacía nuevo, fuerte e imparable el llamado inicial que el Señor suscitó en el corazón de San Francisco. Desde el principio hubo desacuerdos sobre la dirección de la Orden, ya que aún en vida del Santo Fundador se vislumbraban dos grandes fracciones. Siendo ministro general San Buenaventura buscó un equilibrio entre los conventuales y espirituales, esta separación se intensifico durante el siglo XIV, el Papa Juan XXII condenó a un grupo conocido como fraticelli (1317). Los desacuerdos sobre el ideal de la pobreza trajeron una división entre los frailes menores conventuales, y la orden de los frailes menores. El siglo XVI en España contempló, entre otros, la gran figura del místico San Pedro de Alcántara quien acompañó en no poco a Santa Teresa de Jesús y la reforma del Carmelo. Iniciando un movimiento de reforma previamente él mismo dentro del franciscanismo.

En Italia, en ese mismo siglo, de la orden de los frailes menores surge un grupo llamado primeramente “frailes menores de vida eremítica”, conocidos después como capuchinos, estableciendo una estricta rama independiente de los franciscanos. Fue León X en 1517 quién separó oficialmente la Orden en dos ramas independientes, los frailes menores de la regular observancia (estricto) y los frailes menores conventuales (moderada); de los Observantes prontamente surgieron expresiones de espiritualidad que llevo a los descalzos, recoletos, reformados y los capuchinos, estos últimos tuvieron un importante papel en el espíritu de la contrarreforma, en 1619 habían adquirido una completa autonomía. Al final del siglo XIX León XIII reconoce estos tres grupos: Conventuales, observantes y capuchinos como legítimos hijos de San Francisco.

Es bueno recordar que Cristóbal Colon fue acompañado por un grupo de franciscanos. Este ímpetu de llevar el Santo Evangelio y el Jesús Vivo de la Hostia y el amor filial a la Inmaculada se nutre de la pobreza vivida con intensidad religiosa. Los primeros conventos en América fueron establecidos por ellos, la rápida conversión de los nativos americanos y el entusiasmo de los misioneros españoles dio lugar a una amplia propagación de los frailes en las indias occidentales; antes de 1505, Fernando V, Rey de Castilla consideró necesario emitir un decreto sobre los nuevos conventos. En lo que es hoy la Argentina la primera escuela fue organizada por los franciscanos en Tucumán, y no en la Provincia de San Juan para asombro de algún distraído.

Los dominicos y los franciscanos representaron una nueva fuerza espiritual en la Iglesia del siglo XIII y los posteriores siglos.

Tengamos la capacidad de acércanos a nuestro tiempo. La desacralización, la licuación de las enseñanzas de la Doctrina sana, un espíritu de fe débil metido bajo el pretexto de acercamiento al pueblo y una confrontación con lo Jerárquico, vaciaron en no pocos casos el fervor y entusiasmo de la entrega.

Sin silencio, sin oración, sin pureza, más aún sin humillaciones y sin el ardor de la caridad, la pobreza puede ser un disfraz o una anestesia que tapa el vacío espiritual. Decía el Jesuita español Padre Torres: “El Señor nace en pobreza para seguir viviendo en pobreza toda su vida: en Nazaret, en los sitios por donde predicaba y para morir pobre, con pobreza absoluta, en la Cruz”.

Señalemos que hay un arco amplio entre el siglo XIII y nuestro complicadito siglo XXI, pero se hace necesario dejar plasmados algunos puntos que son como el resumen de diversas lecturas entre ellos el obispo capuchino Hilarino Felder, del Padre Cepero Ezquerra, de los apuntes del Padre Manuel de Avellaneda, de cartas de San Pio de Pietrelcina, y de los textos breves pero intensos de Nuestro Padre y sus coetáneos.

Nunca separar pobreza de caridad-humildad. Es por amor a Cristo, para seguirle, pertenecerle, para estrechar ardientemente toda la vida con Él, que se es pobre.

Para San Francisco la identificación de pobreza y humildad es tan fuerte que es imposible, ni siquiera una vez encontrar una línea separatoria.

San Francisco tuvo que luchar hasta el final de su vida con la tentación de la vanidad. Fue la ardiente caridad que lo lanzó a luchar como buen caballero sostenido por la gracia para vencer esta tendencia y lograr una mayor unión con Jesús. De la pobreza interior, iluminada y enriquecida por la vida de la fe, brota la obediencia a la Iglesia y sus Documentos. En la historia del franciscanismo este principio fue sostenido por los incontables santos y santas de los distintos tiempos y lugares.

Frente a un mundo como el nuestro, que ha optado por dar las espaldas a Cristo y Su Enseñanza, adhiriendo al materialismo aún en las expresiones más bajas y degradantes, la Santa Pobreza es un verdadero desafío al espíritu mundanal por el desprendimiento y simplicidad encendiendo la luz de la confianza en la Divina Providencia, la alegría elevada del espíritu que se conforma con poco y que aprende a cultivar la fortaleza, don necesario para perseverar en el seguimiento de la Voluntad Divina.

La actitud del corazón del hombre moderno, lo lleva a tender muy decididamente al confort, a procurar tener mucho más de lo necesario, al recambio constante aún cayendo en lo ridículo.

El espíritu del mundo se mete con facilidad si perdemos la certeza de la mirada de fe, ya que sabemos bien un cristianismo cómodo es muy sospechoso de autentico.

Ante el facilismo como regla constante de vida, la pobreza franciscana es una opción espiritual que enciende el alma en la caridad, en la obediencia alegre y en la intimidad orante, no permitiendo pactar con costumbres y modos de un mundo que ha expulsado a Jesucristo y que manifiesta abiertamente la molestia que le produce Su Iglesia, por eso es una contradicción señalada con mucha lucidez por el Papa Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI rebajar y aún mutilar la consagración permitiendo apague este Fuego Sagrado los criterios del relativismo tan diseminados en este mundo. La pobreza concebida por Francisco de Asís es fuerza interior que lleva a la reparación, el Cristo roto de la flagelación, la burla de la corona de espinas, la soledad y la traición, aún de los suyos, conmovían al Poverello de Asís, el Cristo traspasado en manos y pies por los clavos del Calvario, es el que hoy como antes nos repite que tiene “Sed”. Francisco vivió el despojo y se soltó del respeto humano y de las estructuras mundanales respondiendo a este llamado amoroso. Dios, quiso manifestar esta intimidad y unión espiritual imprimiendo en su cuerpo las Llagas Gloriosas de la Pasión de Su Hijo.

Hemos dicho que pobreza y humildad para el seráfico Francisco de Asís es una única cosa, se desposa con la Dama pobreza para vivir la unión con Nuestro Señor.

Casi rozando nuestros días nos encontramos con la figura del Santo Padre Pio, quien por cincuenta años llevó los estigmas del Crucificado, Sacerdote de Misa y confesionario que por vivir con fidelidad esta escuela de la pobreza Evangélica es lumbrera, que disipa el cansancio, la tristeza y el desanimo ante algunas realidades de nuestro tiempo. Decía: “no entiende el mundo los misterios de Dios, porque no entiende el misterio de la humillación, ni el misterio de la paciencia”.

El diablo, padre de la mentira, que ha sabido formar escuela y aventajados discípulos, no soporta un corazón humilde y alegre en la pobreza por Cristo. Esta Santa Pobreza es talvez la figura más opuesta a lo que propone continuamente nuestra sociedad.

Una cosa es conocer a Dios y otra encontrar a Dios y estar unido a Él, nos debe importar encontrarlo, mas aún dejarnos encontrar por El, ya que la iniciativa, el primer paso, lo da siempre el Señor. A nosotros como lo hiciera en el siglo XIII San Francisco de Asís nos toca responder borrando todo temor y confiando plenamente en la acción misteriosa y eficaz de Cristo.

La Santísima Virgen es el modelo más perfecto de la Santa Pobreza, la Reina del Cielo y de la tierra, la Inmaculada, se proclamó Esclava y Servidora, a Ella le cantaba este monje caballero de pies descalzos y habito raído. A Ella nosotros, los hombres del siglo XXI proclamándola Madre y Soberana le pedimos vivir este aire purificador de la Santa Pobreza de Su Divino Hijo.