Algo de formación permanente sobre vida consagrada

frailes franciscanos congreso
(Preparando el Año sobre vida consagrada proclamado por el Papa Francisco)

Llegó un artículo interesante, parte del mismo es el que compartimos:


Al obispo toca armonizar la diversidad de carismas en la unidad de la Iglesia.

Particularmente luego del Concilio Vaticano II, diríamos que, casi como una “explosión”, surgieron en las iglesias nuevos movimientos de apostolado, nuevas formas de vida consagrada y numerosísimas nuevas congregaciones religiosas. Este coincidente despertar de carismas y los frutos de santidad y apostolado que han venido produciendo, no pueden sino manifestar la permanente acción del Espíritu Santo que, por el bien de las almas, sopla donde quiere (Jn 3,8). No obstante, algunas de estas nuevas realidades suscitaron cierta “tensión” dentro de la Iglesia, tal vez a causa de su novedad, de algunas imprudencias o de incomprensiones humanas. BENEDICTO XVI, el 15 de septiembre de 2010, recibió en audiencia a los nuevos Obispos de todo el mundo, consagrados durante el último año, y les dirigió una alocución, en la que vuelve sobre este tema, y los exhorta a recibir con gratitud en sus Diócesis los carismas que el Espíritu Santo quiera suscitar y a discernirlos con sabiduría, para favorecer la fecundidad y santidad de la Iglesia. Advierte a los Obispos que NO EXTINGAN LOS CARISMAS QUE DIOS SUSCITAS, aunque lógicamente a ellos – como sucesores de los apóstoles- está reservado el distinguirlos, ordenarlos y examinarlos.

“Hoy quisiera reflexionar brevemente con vosotros sobre la importancia de la acogida, por partes del Obispo, de los carismas que el Espíritu suscita para la edificación de la Iglesia.
La consagración episcopal os ha conferido la plenitud del sacramento del Orden, que, en la comunidad eclesial, se pone al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad.

(…) Los Obispos tienen el deber de vigilar y actuar para que los bautizados puedan crecer en la gracia y según los carismas que el Espíritu Santo suscita en sus corazones y en sus comunidades. El Concilio Vaticano II recordó que el Espíritu Santo, mientras unifica en la comunión y en el ministerio de la Iglesia, la provee y la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cfr. Lumen Gentium, 4). La  Jornada Mundial de la juventud en Madrid ha mostrado, una vez más, la fecundidad de los carismas en la Iglesia, concretamente hoy, y la unidad eclesial de todos los fieles reunidos en torno al Papa y a los Obispos. Una vitalidad que refuerza la obra de evangelización y la presencia de Cristo en el mundo. Y vemos, podemos casi tocar, que el Espíritu Santo, todavía hoy, está presente en la Iglesia, que crea carismas y unidad.”

“El don fundamental que estáis llamados a alimentar en los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral es, antes que nada, el de la filiación divina, que es la participación de cada uno en la comunión trinitaria. Lo esencial es que nos convertimos verdaderamente en hijos e hijas en el Hijo. El Bautismo, que constituye a los hombres “hijos en el Hijo” y miembros de la Iglesia, es raíz y fuentes de todos los demás dones carismáticos (…) de hecho, debemos tener siempre presente que los dones del Espíritu, por extraordinario o sencillos y humildes que sean, se donan gratuitamente para la edificación de todos. El Obispo en cuanto signo visible de la unidad de su Iglesia particular (cfr. Ibid.,23), tiene el deber de unificar y armonizar la diversidad carismática en la unidad de la iglesia, favoreciendo la reciprocidad entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio bautismal.”

“acoged por tanto, los carismas con gratitud ¡por la satisfacción de la Iglesia y la vitalidad del apostolado! Y esta acogida y gratitud hacia el Espíritu Santo, que trabaja también hoy entre nosotros, son inseparables del discernimiento, que es propio de la misión del Obispo, como ha afirmado el Concilio Vaticano II que ha confiado al ministerio pastoral el juicio sobre la autenticidad de los carismas y sobre ordenado ejercicio, sin extinguir el Espíritu, pero examinado y teniendo en cuenta lo que es bueno (cfr ibid., 12).”

“Esto me parece importante: por una parte no extinguir, pero por la otra distinguir, ordenar y tener en cuenta examinado. Por esto debe estar siempre claro que ningún carisma dispensa de las referencia y de la sumisión a los Pastores de la Iglesia (cfr.exhort.apost.Christifideles laici, 24). Acogiendo, juzgando y ordenando los diversos dones y carismas, el Obispo realiza un gran y precioso servicio al sacerdocio de los fieles y a la vitalidad de la Iglesia, que resplandecerá como esposa del Señor, revestida de la santidad de sus hijos.”

“este ministerio articulado y delicado, exige al Obispo alimentar con cuidado su propia vida espiritual. Solo así crece el don del discernimiento. Como afirma la exhortación apostólica Pastores gregis, el Obispo se convierte en “padre” ya que es plenamente “hijo” de la Iglesia (n°10). Por otra parte, en virtud de la plenitud del sacramento del Orden, es maestro, santificador y Pastor que actúa en nombre y en la persona de Cristo. Estos dos aspectos inseparables lo llaman a crecer como hijo y como Pastor en la persona de Cristo, de modo que su santidad personal manifieste la santidad objetiva recibida con la consagración episcopal, para que la santidad objetiva del sacramento y la santidad personal del Obispo vayan unidas”.