Una reflexión del Beato Card. Newman

Beato Card. NewmanSi examinamos cuidadosamente cómo ha sido el curso del cristianismo desde el principio, sólo veremos una serie continua de dificultades y desórdenes de todo tipo.
Cada siglo se parece a todos los demás y a todo los que viven en un siglo determinado, siempre les parecerá que todo es peor comparado con todos los que lo precedieron. La Iglesia siempre se muestra como enferma y si acaso permanece, siempre languidece débilmente “llevando siempre por doquier en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en su cuerpo” (II Cor. 4:10).
En todo tiempo, siempre, parece que la religión se termina, da la impresión de que los cismas se multiplican, que la luz de la Verdad empalidece, sus adherentes desperdigados.
Siempre, en todo tiempo, la causa de Cristo se halla en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo y cualquier día de estos desfallecerá para siempre. En todo tiempo, siempre, pareciera que prácticamente no hay santos ya que la Parusía de Cristo está a la vuelta de la esquina; y de esta manera el Día del Juicio siempre aparece como inminente; y constituye nuestro deber estar siempre vigilantes y aguardándolo expectantes; y nunca mostrarnos desilusionados porque a pesar de anunciarlo tan a menudo diciendo “ahora sucederá”, luego sucede que, contrariamente a lo que creíamos, la Verdad de algún modo se recupera.
Así es la Voluntad de Dios, que reúne a sus elegidos, primero a uno, y luego a otro, poco a poco, en los intervalos de buen tiempo que hay entre tormenta y tormenta, o bien rescatándolos de los oleajes de la iniquidad, incluso cuando las aguas se muestran más furiosas que nunca.
Bien pueden los profetas lanzar voces diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo continuarán estas cosas que no comprendemos? ¿Hasta cuándo seguiremos contemplando estos misterios de iniquidad? ¿Cuánto más durará este mundo moribundo, apenas sostenido por pálidas luces que luchan por sobrevivir en medio de esta atmósfera tenebrosa?”.
Sólo Dios sabe el día y la hora cuando aquello, finalmente, sucederá, aquello con que Él siempre está amenazando; y entretanto, podemos obtener mucho consuelo considerando lo que ha sido en antes—y así nunca desalentarnos, nunca desmayar, nunca dejarnos ganar por la ansiedad al contemplar los males que nos rodean. Siempre ha sido así, siempre lo será; es lo que nos toca en suerte.

Alzan los ríos, Yahvé, alzan los ríos su voz;
alzan las olas su fragor.
Pero, más poderoso que la voz de las muchas aguas,
más poderoso que el oleaje del mar,
es Yahvé en las alturas. (Ps. 92:3-4).

(Lectures on the Prophetical Office of the Church
Lecture 14: On the fortunes of the Church).